lunes, mayo 24, 2010

El pintor (versión dos)

Hoy desperté. Y ahí estaba ya, bien plantado, armado con un bote de pintura gris del tamaño de un tinaco, y una brocha igualmente enorme. Sí, ya había llegado mi pintor.

No hubo tiempo siquiera para que pusiera los pies sobre el frío suelo de loza; mi pintor ya había teñido rápidamente mi cuarto, de un gris platinado, brillante, pero gris por igual. Gris como yo. Me levanté y me dirigí al baño, como todos los días. El lavabo, gris; mi cepillo de dientes, gris; el azulejo, gris; todo gris. Ya qué. Tuve que continuar.

Veinte minutos después, ya estaba vestido en un pantalón que juraba yo era azul y una camisa que según me la vendieron roja. Pero ahora eran color gris. Lo único que diferenciaba a todas las cosas era la poca sombra que el gris sol me prodigaba. Enfundado en una chamarra gris, salí de mi gris recámara, de mi gris casa y salí a la gris calle.

Una vez más, vi a mi pintor, parado, esperándome. No sé a qué, pero esperándome. Sí, ahí estaba, aunque ahora no tenía nada en las manos; su bote y su brocha quién sabe dónde las habrá dejado. Lo ignoré un momento, mis sentidos no lo percibían, pero mi memoria sabía que estaba detrás de mí, perturbándome con su obsesión por esperarme. Intenté olvidarlo un momento y seguí mi camino: tenía que reunirme con unos amigos por un cumpleaños. Su cumpleaños, el de aquella señorita...

Llegué, un poco tarde, pero llegué. Fui recibido entre grises brazos, grises saludos y un pequeño beso gris afectuoso. De ella. En esa pequeña casa, vi a mi pintor, que había podido colarse por la perilla de la puerta. En su mano, pintura, esta vez no gris, ni grisácea ni nada. Me dio lo mismo. Ahora sin esfuerzo, lo olvidé.

Hace mucho que no los veía. Era buena onda recordar todo aquello que alguna vez, juntos, nos pasó. Y de paso, poder almacenar esta pequeña reunión. Y poder decir que ella, mi amada, sí existía, que jamás mi mente la inventó, que era un ser tangible que yo quería y quiero mucho. Que cada una de sus sonrisas me prodigaba un poco de alivio para mis angustias. Sí, era todo tan bueno. Y vi otra vez a mi pintor.

Con una brocha más pequeña pero muy grande, mi pintor comenzó a avivar el gris de la habitación. El bote con color que yo desconocía cambiaba de tono súbitamente, pasando de un tenue amarillo a un vivaz verde, de un azul eléctrico a naranja brillante. Y cuando a ella veía, la pintura se volvía rojo, tenue y potente al mismo tiempo.

Ahora, por más que lo intentara, no pude dejar de hacerle caso a mi pintor. En su ir y venir, pintaba las ventanas, los cuadros, los muebles, a mis amigos, a ella. A mí. Era fantástico verlo mientras relatábamos nuestras desventuras y anécdotas. Todo era tan bello.

Y cuando llegó la hora de irse, mi pintor había terminado. Su obra maestra estaba ahí, ante mis ojos. Una mar de colores se extendía ante mis otrora deslucidos ojos. Coronando toda mi existencia, ahí estaban cada uno de los siete colores, combinados en armonía. Ahí estaban todos los colores que mi mente, al fin, había liberado.

miércoles, mayo 19, 2010

El estacionamiento más grande del mundo


Bienvenidos sean ustedes al estacionamiento más grande del mundo. Aquí le venimos ofreciendo excelente calidad en el servicio con adecuados cajones para su vehículo. Usted podrá dejar su patrimonio seguro debido a lo complicado que es colarse para alcanzarlo.

Aquí estará usted ubicado en excelente lugar. Aquí siempre hay disponibilidad de espacio para todo tipo de clientes: camionetotas "güinstar", pick-ups, SUVs, camiones, autos compactos, autos enormes, transporte de carga, entre otras. Aquí hay mucha competencia por los lugares; sabemos nuestro negocio va en auge así que hace ya cinco años que le instalamos su segundo piso. Aún así, no nos damos abasto
con la demanda. Pero intentamos satisfacer sus necesidades, ya que usted es cliente y, por tanto, el engranaje primordial en nuestra maquinaria.

¿Sabe usted que estamos intentando tramitar permisos para instalar sanitarios? Ya sabe, debido a la magnitud de nuestro espacio, es difícil salir. Así que, ¿por qué no darle un servicio completo? Y también, por qué no, un paquete gratuito de aspirinas, para cualquier mal que su oficina le haga padecer y/o nuestro prestigioso y reconocido estacionamiento. Un masaje tampoco estaría mal, ¿o sí?

¿Verdad que no? Pero ya ve, la realidad es otra. No es nuestro problema. Y si es el suyo, sinceramente nos importa un comino. Peléese con el otro idiota que se le cruzó, con el que chocó y obstruye su paso. Sí, riña con aquella señora que tuvo a bien ver su espejo para verse el excesivo maquillaje. Pítele al auto rojo que no se mueve porque es obvio que es su culpa que nuestra empresa siga honrando su título. Sígale, jamás llegará a ningún lado. No le haga. Usted y su calaña nos tienen hartos. Por eso, hemos querido hacer de su día una causa perdida. Ni con seis pisos usted iría más rápido. No se engañe, de aquí no sale temprano NADIE.

Le reiteramos. Bienvenido sea usted al estacionamiento más grande, más enojado y más estúpido del mundo. Sí, usted nos conoce, usted nos necesita. Siga siendo parte de nuestra clientela favorita. Siga viniendo, nosotros le esperamos todos los días. Venga al Periférico, el estacionamiento más grande que jamás haya visto en su vida.

domingo, mayo 16, 2010

Sin luz


Se fue. Sí, se fue, dejándome completamente a oscuras. Yo exclamo, yo insulto, yo profano. Otra vez, no hay cómo iluminarme en medio de la noche.

Me retiro a mi cuarto a tomar una pequeña vela. Mis ojos aún no se acostumbran, pero mis propios hábitos buscan desesperadamente un cerillo para iluminar tenuemente las sombrías y blancas paredes de mi recámara. Abro cajones, closets, cajas. Nada. No hay nada. Sólo una vela sin prender, sin combustible.

Me resigno. No hay vela, no hay luz, tampoco hay luna; hoy optó por esconderse frente al sol. Llego a mi cama, me siento en ella. Estuve a punto de pegarme contra el marco de ella; es difícil maniobrar cuando el ojo no está acostumbrado a la homogénea oscuridad. Sentado y con la adrenalina fluyendo a ligeras dosis, no puedo evitar pensar en todo lo que ha acontecido en estos últimos días. Ha sido difícil. Pero no todo ha sido non grato. Supongo me ha ido peor.

Mis reflexiones me obligan a adoptar una posición más cómoda. Es tiempo de acostarse. Miro melancólico al techo. Éste responde y no tarda en desdoblarse en pasadas imágenes que mi memoria puede almacenar para después reproducir. Son esos nítidos recuerdos, son esos hechos ya ocurridos. Sí, ahí están. Quizá torturándome, quizá calmándome. Si no se hubiera ido la luz, jamás hubiera rememorado, jamás hubiera pensado y no hubiese dejado que todo ese mar de emociones fluyera, que corriese como río acaudalado, mar embravecida.

Todo ronda en mi cabeza. Las palabras, los acontecimientos, los lugares. Ella. No, ¿¡ella por qué!? Yo no quería que aparecieses. Pero no, te resististe a mi opresión en el baúl de las memorias. Saliste, como siempre lo haces. Sí, yo por eso no quería pensar. No quería para que te perdieses eternamente en la neblina de mis pensamientos. Ya qué. aquí estás, proyectada en el cielo raso de mi habitación.

Mi imaginación juega con tu imagen. Saltas alegremente, tomada de mi mano y me llevas emocionada a un lugar que yo desconozco. Tú estás muy emocionada, no entiendo el motivo. Te sigo a donde tú me llevas, como una ovejita perdida que es lidereada por su pastor caritativo. Me intriga saber mi próximo destino, estás demasiado alegre, tiene que ser demasiado bueno. Sí, sí lo es. A tu lado, cualquier cosa...

Al final, nos detenemos y tu fino dedo señala un pedazo. No hay nada. Te volteo a ver. Me indicas insistentemente que vea a ese punto. Regreso la mirada. Nada. Una vez más, te miro. Pero ya no estás ahí. Regrso al punto donde señalaste. Y la tierra se resquebraja, se parte, se abre. Y yo caigo, irremediablemente hasta el vacío.

Mis ojos se abren. La luz retumba en mis retinas y las hace más chiquitas. Estaba soñando. No había pasado nada. Bueno. Sí pasó algo. Tu recuerdo me tiró al precipicio. Como lo hace cada vez que mi memoria rescata el hecho de que no serás mía jamás...

miércoles, mayo 12, 2010

Hoy juega la Selección



- ¡Hoy juega la Selección!
Una vez más, la frase zumba por el aire, y muchos rostros, ilusionados y en un delirio eterno, se desdoblan en júbilo ante tal exclamación. Yo, simplemente, no ardo en deseos de ver patear un balón.

Hoy, como dije, juega la Selección. Un conjunto de once tipos y sus reemplazos que pugnan para chutar un esférico dentro de un marco. Un conjunto de tipos que representan a toda la Nación, diciendo ser la crème de la crème del país, aunque terminan siendo igual de ilustres que nuestros diputados. Por aquí y por allá, se espera con ansia que la Selección llegue a algún lugar de renombre. Bah, vaya hipócritas.

Hoy jugará la Selección. Irá en contra de algún país minimizado, incapaz de ser una potencia eminente en el mundo del balompié. Seguramente, les costará más de un ojo de la cara patear a quien se supone es fácil derrotar. Como siempre, si ése es el resultado, el territorio nacional querrá realizar marchas y motines para reclamar tan mediocre (perdón, completocre) esfuerzo. No habrá comitiva festiva en el Ángel. Nadie querrá celebrar nada.

Hoy se arriesga el pellejo la Selección. Patrocinadores abusados usan a once tricolores para promocionarse. Y salen ganando. Saben que a la gente le gusta que los "ratoncitos verdes" se hagan güeyes en el pasto. Que abaniquen más que las propias bailadoras de flamenco. Que tiren balones con menos puntería que un cowboy ciego disparando un revólver. Que hagan el ridículo frente a miles. Hoy tal vez pierda la Selección, mas decenas de empresarios ganarán...

Hoy entra al quite la selección. Este año es 2010. Por tanto, hay Mundial. En un silogismo muy obvio ("Al mexicano promedio le FASCINA ver los partidos donde juega la Selección"; "La Selección irá a participar a un magno evento mundial de proyecciones enormes") se sabe que miles, borregos, irán viendo cómo la Selección juega, sin saber exactamente por qué. Pronostico de alta probabilidad: no habrá un premio, ni simbólico. Las personas se desilusionarán, dirán las clásicas frases ("Jugaron como nunca, perdieron como siempre"; "¿Por qué no pusieron a 'inserte nombre aquí'? Así sí la dábamos"), se irán con el corazón partido a sus casas después de que corriera la adrenalina de un partido que jamás jugaron. Maltrechos por un hecho que no lo merece.

Sudáfrica 2010: misma historia, mismos personajes, mismo ¿trágico? desenlace.

martes, mayo 11, 2010

Gusanos naranjas (en un día de melancolía)



Tomé posición en un asiento verde. El gusano raudo se movía, con dirección a mi destino, con dirección al destino de mucha gente. Vi a mi alrededor. Un pintoresco, sin embargo, deslucido, panorama se revelaba ante mis ojos. Rostros cansados, miradas perdidas, posturas caídas. Es un retrato vivo de lo ajetreada que es la ciudad. Viva y agonizante al mismo tiempo.

Al pararse un momento el gusano, un cántico monótono y repetitivo viene a conseguirse el pan de cada día. Será mi imaginación pero me parece el tipo le gustaría ser alguien más que un simple merólico. Su semblante, impasible, sólo viene a comerciar con la gente. No viene a alegrarse, a traer carisma, no. Sólo es un robot que tiene productos para vender. Nada más.

Por allá, una joven señorita llora. ¿Qué le habría ocurrido a esa muchacha que llora a cántaros? Se apoya, derrotada, contra el poste. Se sostiene, pero deja que el movimiento la deje llevar, como las olas se mueven al compás de los hechizos de la luna. Está muy triste. Me gustaría darle un poco de la energía que llevo dentro, una caricia, un consuelo. Pero yo también estoy cansado. Mis extremidades apenas y responden. Y la moral me corroe por no haber hecho lo que creo correcto. Es triste ver gente triste. Es peor no poder hacer nada.

Aquí a mi lado, recostado contra la ventana, dormita un señor. Su humilde pero citadina figura se asemeja a la de alguien esmerado, pobremente recompensado. Una tímida sonrisa se perfila de entre sus labios. Su sueño a medias se ve plácido. Sí, debe estar satisfecho de haber hecho las cosas bien. seguro llegará con sus seres queridos, los abrazará y les dirá cuánto los quiere. Mientras tanto, coexiste junto a mí, alguien que no será más que una persona más en el transcurso de su vida.

Más lejos de mí, un niño abraza a su madre. Ésta también está cansada mas no rechaza a su hijo; inclusive, lo atrae más a su regazo, al seno del cariño que unos cuantos años atrás el destino forjó. No pasan más de 5 minutos y el chiquillo está acurrucado como un bebé. Mira atento a su alrededor, desde aquella atalaya protectora que su madre le ha brindado. No quiere salir de ahí. La mujer lo deja, ella desea lo mejor para él.

Yo, ¿qué decir de mí? Un hombre más perdido entre los mares humanos de todos los días. Yo no vendo, yo no lloro, no dormito, no me acurruco. ¿Qué soy yo para estas personas, tan frágiles y delicadas? ¿Quién soy yo, igualmente frágil, débil, para este micro mundo subterráneo, víctima de la nunca perenne permanencia, de la movilidad constante, de la prisa desmesurada?

No sé. No sé. Tampoco quiero saber...

Mientras voy cruzando las calles citadinas abordo de un gusano naranja, el paisaje negro y oscuro de los túneles se filtra y se respira. Se siente. Aquí es un lugar de melancólicos empedernidos, de soñadores frustrados, de héroes vencidos. Aquí se vive la vida de la ciudad, cansada de sí misma, cansada de ser lo que siempre es y será.

domingo, mayo 09, 2010

Señor franelero:

Estoy seguro que la situación económica actual del país está muy del nabo; que los empleos no rinden; que usted no tiene de otra más que “cuidarme” el coche. Pero, ¿tales hechos le obligan a tratarme como me trata, tan despectivamente, al negarle la paga a un servicio que yo jamás le solicité?

Digo, no es por reclamarle ni nada, señor franelero. Puedo comprender completamente cómo se siente y yo no soy del tipo que emplea la majadería. No, en lo absoluto, mas vaya que tiendo a molestarme un poco. Y yo diría que usted no provoca más que yo, su servidor, escurra bilis. Con eso basta para externarle todo esto. Le explicaré el porqué de mi molestia.

Yo siempre he considerado que tener un auto es un verdadero placer. Transporte rápido, eficiente, personal, seguro, entre otras cosas. También es versátil para estacionarse al lado de la mayoría de las banquetas. Sin embargo, el problema con este último punto es, justamente, usted, señor franelero.

Sí, usted. ¿Por qué? No es tan difícil deducir la respuesta. Creo yo que todo trabajo es respetable. Y el suyo, lo es, porque gracias a su esfuerzo alimenta más bocas fuera de la suya, ¿es correcta mi afirmación? Eso no importa. El problema viene cuando usted pretende ganarse el pan sin esforzarse por él, señor franelero. ¿Que no es verdad lo último? No diga que no, sería un completo hipócrita.

Usted, como muchos otros, señor franelero, sólo aparece a la hora de cobrar. Cuando se le necesitó a la hora de estacionarse, estaba usted distraído, echando chal, como se dice. Sin embargo, no oculta su descaro al cobrarme algo injustamente cobrado, porque yo no le pedí me cuidara el coche y sólo se aparece hasta el final, cuando me dispongo a retirarme del cajón a su "cuidado".

¿Ya ve? Pide pago completo cuando el trabajo fue a medias, señor franelero. Ah, no se me vaya a ocurrir no darle nada porque, ay, de mí, me profana a mi madre, me maldice o sencillamente arde usted, señor franelero, en vengarse de mí al darle soberano llegue a mi vehículo. No, señor franelero, simplemente no está bien. No tengo la necesidad de darle algo si no hay buen servicio. Es como es con los meseros: su propa va de acuerdo al trato dado al consumidor.

Estoy de acuerdo. Hay quienes se toman como una verdadera ofensa que cobre por este "servicio". Y no creo se merezca tal escarmiento que a veces le dan, señor franelero. Usted es una persona, como yo, como aquellos que le tratan mal, como aquellos que le tratan bien, como aquellos que le ignoran. Merece buen trato por el hecho de ser humano. Pero tampoco abuse. Sea consciente, no todos vivimos lo mismo.

Seamos honestos, señor franelero. Si no agrega la cortesía, el ofrecimiento y el esmero a su trabajo, su empleo es sólo una parte agonizante de la sociedad. Usted no recibirá reconocimiento, será tachado, será minimizado. Será un don nadie, eso se lo aseguro, señor franelero. Es en trabajar el trabajo donde radica la mejora en las condiciones laborales y económicas. Créame, señor franelero.

Esfuércese.

viernes, mayo 07, 2010

Tú, la espía de la ventana.

¿Qué haces ahí?, siempre me pregunto. De la rendija de la ventana se asoman tus pequeños ojos. Un segundo más tarde, tu rostro ya se perfila completo dentro del marco de la ventana. Yo, desde la guarida que me brinda un pequeño muro que previene me caiga de la azotea, siento me observas. No me contengo y regreso aquel vistazo; mas como yo, huyes de aquel encuentro de cuatro ojos al mismo tiempo.

Otra vez. Otro día. Casi la misma hora. Ahí estás. De nuevo. Queriendo ver para donde yo estoy. Quizá yo también quisiera ver donde tú estás. No estoy seguro. ¿O tal vez de verdad quiero ver para donde tú estás, pequeña espía de la ventana? ¿Qué sería de mí si yo me atreviese a romper esa pared invisible que se llama distancia? No lo sé. Sigo sin saber. La ignorancia me corroe. ¿Qué es exactamente lo que quiero? No sé, no sé, no sé.

Hoy, fui yo el que se asomó primero. Fuiste célere y no tardaste en aparecer. Y el juego comenzó. Yo vi, tú huíste. Tú viste, yo huí. El deber llamó, y de mi guarida del techo tuve que retirarme. No sé si me esperaste o jurabas que en algún momento iba yo a volver. No lo sabré, no hay pruebas que me hagan constatarlo.

Mañana será lo mismo. Creo valdrá la pena sea mañana.

jueves, mayo 06, 2010

A ella.

He de decir que mi vida jamás se caracterizó por ser la ¿idónea? (¿tiene que adecuarse necesariamente a la plantilla social?) que mi mente se materializó. Conforme pasó el tiempo, me adapté, seguí y creo no me ha ido mal.

Yo sé que en algún momento decidiste que esto no sería ya productivo. Y por eso, te fuiste. Te seguí, sin saber exactamente qué rayos iba a ser de nosotros. ¿Qué iba a ser de nosotros, ahora en un espacio más chiquito, un poco más apretujado, con otras reglas, otras costumbres, otros modos? Estoy seguro que ni tú ni yo lo sabíamos, mucho menos yo, por supuesto. Era yo todavía un cúmulo de células pequeño, indefenso y berrinchudo, que necesitaba cuidados como todos los niños de seis años.

A decir verdad, aunque intento acordarme, no logro discernir exactamente qué pasó algunos años después de la decisión que tanto trabajo, estoy seguro, te costó tomar, para beneficio de los dos. De algo estoy seguro: nunca dejaste de estar junto a mí, no cesaste de luchar por mí, jamás te fuiste de mi lado. Yo lo sé porque lo siento. Eso no lo he olvidado. Eso no se olvida. Ni lo olvidaré.

Y cuando en la casa pasamos de ser tres a ser cuatro, era un nuevo inicio para ti, un primer inicio para mí. Mis pequeñas (de niño, no de dimensión) ilusiones de tener un hermanito ("Mamá, quiero tener un hermanito para llevarme como ustedes, mi tía y tú, así de 'Qué onda, güey'") se cumplieron. Mas yo no esperaba que un carnal llevara tanto consigo, no sólo una persona más en la familia.

Llegó el 2009. Muchas cosas se vinieron abajo y otras resistieron el sismo. De cuatro, ahora somos tres. Es triste. Pero aún a pesar de todo, pudiste levantar la cara, y decir: "Aquí estoy, por ellos dos, por ésos, mis seres queridos". Cada día, te levantas conmigo y me dejas en la esquina, para abordar el camión de todos los días. De ahí, dejas a mi hermano, y luego te vas para el trabajo. Antes de ir a trabajar, primero nosotros. ¡Gracias, ma!

Tú de ser sólo una mujer laboriosa y harto ilusionada hace ya más de quince años, pasaste a ser alimento de dos pequeñas almas, consuelo de dos seres parecidos a ti, de dos personitas que se acomodaron en tu regazo cuando cupieron y que ahora se abalanzan sobre ti, a brazos abiertos exclamando:
¡TE QUEREMOS MUCHO, MAMÁ!

lunes, mayo 03, 2010

Escarabajos verdes


Por las calles citadinas, zumba un pequeño ser, redondo y compacto. Es verde. Qué extraño, ya casi no hay escarabajos, mucho menos verdes. Este veterano aún sigue en servicio, verdaderamente orgulloso del legado que él y sus compatriotas verdes han dejado para muchas personas.

Él es ruidoso, como los verdaderos insectos deben serlo. Está a las vivas, por si las personas necesitan de su ayuda. Ya lleva muchos años en servicio pero no quiere jubilarse. Jubilarse significa rendirse. Rendirse requiere cobardía, él no es cobarde. Él es un soldado de la vieja escuela, servicial, noble e incansable. Sus fuerzas ya no le permiten hacer grandes cosas y su sucesor ya no es más que un chico fresa. Su gloria de otros tiempos se desvanece. Pero él continúa.

Oh, mira eso. alguien le ha levantado la mano, le hizo la seña. El senil escarabajo se orilla, le da la mano a aquella guapa señorita y se la lleva con él. Se dirigen a casa de la muchachita. Ella está cansada y sus piernas ya no aguantan más el caminar. El escarabajo sabe cómo tratar estos casos y brinda un poco de su seguridad a la pobre mujer. Conoce bien el camino; zigzaguea rápido entre los carriles de asfalto, toma la ruta más corta. Ya está en frente de la puerta principal.

La señorita, aliviada, agradece infinitamente a aquel insecto verde. Se aleja, se despide y entra a su hogar. El escarabajo verde hace lo propio, mas no se va a la calidez que brindan los hogares, no. Él seguirá ayudando, es su deber.

Seguirá ayudando, aunque el día de mañana se vuelva de color rojo con matices dorados. Hasta el final de sus días.