Desafortunadamente, estamos destinados a morir. Y el no morir es el motor que nos lleva a grandes lugares que pudimos, alguna vez, imaginar.
Queremos ser inmortales, jamás sentir que perdemos algo. Sobre todo, la vida.
La muerte mueve al mundo.
viernes, mayo 11, 2012
viernes, abril 27, 2012
Olor a libro
Hace mucho no tenía esa sensación en los dedos. Esa de que dejas algo incompleto, aunque la historia ya haya terminado.
Es triste terminar un libro. Un libro es una cosa traicionera; te envuelve, te atrapa, te seduce, para que al final, se suicide y te deje con ese pésimo sabor de boca que te dice que pudo haber más pero que ya no hay por designio divino.
Volteas la última página y ¡puf! Desaparece todo ese mundo que tanto trabajo tomó construir. Es emocionante llegar a esa hoja final. Sin embargo, te desgarra un poco el corazón que ya no hay más historia a partir de ese punto. Tienes que tirar todos esos lugares, todas esas personas, todas esas situaciones que hicieron entrañable el viaje como espectador.
No sé. Siento que cuando cierro un libro, el regreso a la realidad es muy abrupto. Ese mundo de fantasía que apareció en centenares de páginas se esfuma con un sólo signo de puntuación, con un maldito punto. Me siento vacío por un momento, mientras asimilo que regresé a mi propia realidad.
Es un salto muy grande, ése de volver a donde pertenezco. Creo que volveré a leer.
Es triste terminar un libro. Un libro es una cosa traicionera; te envuelve, te atrapa, te seduce, para que al final, se suicide y te deje con ese pésimo sabor de boca que te dice que pudo haber más pero que ya no hay por designio divino.
Volteas la última página y ¡puf! Desaparece todo ese mundo que tanto trabajo tomó construir. Es emocionante llegar a esa hoja final. Sin embargo, te desgarra un poco el corazón que ya no hay más historia a partir de ese punto. Tienes que tirar todos esos lugares, todas esas personas, todas esas situaciones que hicieron entrañable el viaje como espectador.
No sé. Siento que cuando cierro un libro, el regreso a la realidad es muy abrupto. Ese mundo de fantasía que apareció en centenares de páginas se esfuma con un sólo signo de puntuación, con un maldito punto. Me siento vacío por un momento, mientras asimilo que regresé a mi propia realidad.
Es un salto muy grande, ése de volver a donde pertenezco. Creo que volveré a leer.
martes, abril 24, 2012
Entrada estúpida de un diario estúpido
Antes de calentar mi comida y, contra mi costumbre, prendí la estufa con unos cerillos. Me di cuenta que ejercí mucha presión sobre la cabeza de la cerilla. Con eso, mi dedo se quemó un poco. Arde, todavía. Pero me hizo sentir un poco más perdido de lo que ya estoy.
Ayer pasaron cosas, muchas cosas. Fue un día extraño e interesante. Genial, en muchos aspectos. Este dedo sólo me recordó que estoy solo. Hoy, por culpa mía, me quedé atrapado. Y en parte por mi culpa, ella también.
Ahora, desde ayer en la tarde, no sé nada de ti. Vi la yema del dedo quemada y tuve muchas ganas de contártelo, aunque fuera una estupidez. Te he marcado a tu celular y lo tienes apagado; todavía hace rato, cuando mi dedo, seguía mandándome al buzón. No te conectarás en los próximos días. Me he (y creo que tú también) quedado solo.
Siento el dedo quemado. Duele, como es natural. Tengo tantas ganas de verte y de compartirte mi yema chamuscada, y encontrarte y no dejarte ir. Sin embargo, por ahora eso no será. Lo sé. Duele más que el propio dedo.
Y ahora escribo esta absurda crónica para que tal vez esto llegue a tus ojos y sientas al leerlo que, aun cuando estábamos jodidos por las circunstancias, me tenías platicándote, compartiéndote mi mundo y lo estúpido que era mi día a día.
Me iré a comer, y luego a poner algo de vitacilina en el pinche dedo.
Hubiera estado mejor que hubieras curado tú mi quemadura.
Ayer pasaron cosas, muchas cosas. Fue un día extraño e interesante. Genial, en muchos aspectos. Este dedo sólo me recordó que estoy solo. Hoy, por culpa mía, me quedé atrapado. Y en parte por mi culpa, ella también.
Ahora, desde ayer en la tarde, no sé nada de ti. Vi la yema del dedo quemada y tuve muchas ganas de contártelo, aunque fuera una estupidez. Te he marcado a tu celular y lo tienes apagado; todavía hace rato, cuando mi dedo, seguía mandándome al buzón. No te conectarás en los próximos días. Me he (y creo que tú también) quedado solo.
Siento el dedo quemado. Duele, como es natural. Tengo tantas ganas de verte y de compartirte mi yema chamuscada, y encontrarte y no dejarte ir. Sin embargo, por ahora eso no será. Lo sé. Duele más que el propio dedo.
Y ahora escribo esta absurda crónica para que tal vez esto llegue a tus ojos y sientas al leerlo que, aun cuando estábamos jodidos por las circunstancias, me tenías platicándote, compartiéndote mi mundo y lo estúpido que era mi día a día.
Me iré a comer, y luego a poner algo de vitacilina en el pinche dedo.
Hubiera estado mejor que hubieras curado tú mi quemadura.
miércoles, abril 11, 2012
Fisión
¿No es increíble?
Un pequeño roce basta para explotar.
¿No es eso lo que hiciste?
Me tomaste, con un roce de tus yemas.
Exploté.
Dios, que podría explotar de nuevo,
sólo porque sí,
porque explotar es maravilloso,
¿no lo sabes?
Déjame,
déjame acariciarte,
explorarte y rozar
la barrera,
para encender la mecha,
para encender el mecanismo
que te haga explotar.
Y seas libre,
por fin.
jueves, abril 05, 2012
Canciones en el viento
Dicen que tu nombre se debería escuchar con el viento.
Yo no escucho más que susurros incomprensibles.
Así me la he pasado mucho tiempo,
interpretando qué carajos me quiso decir todo ese murmullo.
He estado aquí, sentado,
leyendo las señales
sin encontrar nada.
Te sigo buscando.
Te seguiré buscando.
Al otro día, te encontré. Pero no en el viento.
Era algo un poco más real,
más tangible.
Mas no eras tú en la realidad,
sino un espejismo.
Y te sentí más cerca,
aún cuando mi cuerpo siguiera
extrañando el tuyo.
Tiempo después, viendo el cielo pasar y cambiar a cada hora,
cerré los ojos.
Sentí el ulular del viento en mis oídos,
cantando
rezando
implorándome que te siga buscando,
para volver a encontrarte.
Y me levanté, sintiendo que el viento ya me hablaba,
aunque seguía siendo un murmullo ininteligible.
Caminé, caminé, caminé.
Adelante, siempre adelante, caminé.
Seguí, mis piernas ligeras, mi corazón acelerado.
Caminé, seguí caminando.
Hasta que mi cuerpo,
sin sentirlo, se apagó.
El viento me arrulló, no escuché más, mi cuerpo se fue.
Y el viento, suave,
me recostó al lado de tu dulce cuerpo.
Duerme, duerme, pequeña niña,
cobijada por el viento,
soplado por alguien
que te amó.
miércoles, marzo 28, 2012
Engranaje
Sé que no podrás leer esto. O que si lo lees, todo lo que a continuación te escribiré será algo ya sabido para cuando pase este texto por tu ojos. Pero ahora tengo que dejar todo salir. Dejar que brote.
Llevo más de tres semanas siguiéndote fervorosamente en Twitter. No sólo con el típico "follow", sino que, también, he visto cada uno de tus tuits desde que supe me dedicaste uno. Era un poco obvio para mí, y más tarde lo confirmaste con una pequeña frase que se te escapó, que interrumpiste y completé yo.
En esas tres semanas, me he ilusionado mucho. Moviste uno que otro engrane y aquí me tienes pensándote a ratos. Tal vez más de lo que debería. Poco hemos vivido juntos, pero ya repasé varias veces lo que hemos hecho. Cosas pequeñas, repetidas una y otra vez. Me entusiasma y me altera; me moví a espacios desconocidos, fascinantes y atemorizantes. Estoy un tanto perdido, es tu culpa, y la verdad, lo agradezco.
Son sensaciones que corrompen al alma de formas misteriosas.
Una cosa llevó a la otra y henos aquí, pequeña.
Como en un buen libro, espero impaciente el desenlace de ésta, mi pequeña historia.
domingo, marzo 25, 2012
jueves, marzo 22, 2012
Hoy mis palabras mueren
Hoy mis palabras mueren,
se desangran mientras hacen
oraciones dolorosas.
Hoy mis palabras mueren;
reguero de sangre,
charcos de lágrimas rojas.
Hoy mis sueños mueren
porque no hay qué comer,
no hay qué decir.
Hoy mis sueños mueren,
en pasillos blancos
donde todos somos sordos
para no oír los gritos de agonía.
Las palabras mueren,
sus cadáveres arden.
Me he quedado sin voz,
pero mi garganta aún grita,
sintiendo que se desgarra
a cada alarido
que a ella le he proferido.
se desangran mientras hacen
oraciones dolorosas.
Hoy mis palabras mueren;
reguero de sangre,
charcos de lágrimas rojas.
Hoy mis sueños mueren
porque no hay qué comer,
no hay qué decir.
Hoy mis sueños mueren,
en pasillos blancos
donde todos somos sordos
para no oír los gritos de agonía.
Las palabras mueren,
sus cadáveres arden.
Me he quedado sin voz,
pero mi garganta aún grita,
sintiendo que se desgarra
a cada alarido
que a ella le he proferido.
miércoles, febrero 29, 2012
La entrada random, un 29 de febrero
Tengo los párpados tristes y la apatía del día siguiente.
Me pesa estar despierto. Bueno, ahorita,
sí. Sí me pesa.
Hay cosas pendientes para mañana,
libros que leer,
láminas que dibujar,
horas que vivir. ¿Vivir?
¿Qué es vivir?
La pregunta existencial salta
pero salta más por juguetona,
porque nunca se ha tomado su seriedad
en serio.
Prendo el bóiler para al rato.
En un rato más botará el piloto
y me dirá que ya terminó de calentar.
Vaya. Tremendo día.
Hoy no pasó nada y siento pasó absolutamente
todo lo que pudo haber pasado. Pero no pasó.
Nunca pasa nada. Nunca, nunca, nunca.
Es el mismo cuento de nunca acabar.
Y yo,
inútilmente quejándome un
29 de febrero.
Cuatro años más para volver a quejarme el día de hoy.
Bueno, hoy ya no, porque
en cuatro años será 2016 y no
2012. 2012 como ahorita.
Aún no cumplo años.
Ya mero es. Quiero que ya sea. ¿Por qué?
No sé. Mis párpados tienen sueño y ellos tampoco saben.
Me pesa estar despierto. Bueno, ahorita,
sí. Sí me pesa.
Hay cosas pendientes para mañana,
libros que leer,
láminas que dibujar,
horas que vivir. ¿Vivir?
¿Qué es vivir?
La pregunta existencial salta
pero salta más por juguetona,
porque nunca se ha tomado su seriedad
en serio.
Prendo el bóiler para al rato.
En un rato más botará el piloto
y me dirá que ya terminó de calentar.
Vaya. Tremendo día.
Hoy no pasó nada y siento pasó absolutamente
todo lo que pudo haber pasado. Pero no pasó.
Nunca pasa nada. Nunca, nunca, nunca.
Es el mismo cuento de nunca acabar.
Y yo,
inútilmente quejándome un
29 de febrero.
Cuatro años más para volver a quejarme el día de hoy.
Bueno, hoy ya no, porque
en cuatro años será 2016 y no
2012. 2012 como ahorita.
Aún no cumplo años.
Ya mero es. Quiero que ya sea. ¿Por qué?
No sé. Mis párpados tienen sueño y ellos tampoco saben.
domingo, febrero 26, 2012
Cruzar la frontera
Es triste, ¿no? Cuando produce esas palabras que conmueven tu corazón y buscas su consuelo en ese mismo instante, en un momento amargado por las presiones, la potencialidad del insulto. Sí, es triste. Es triste sentir la necesidad de explotar, soltar amarras y dejar las lágrimas caer. Que su abrazo te envuelva y tú quieras deshacerte en tristes lágrimas. Pero no puedes. No puedes. Llorar te hace débil frente a sus ojos. Te vulnera. No puedes demostrar lo que sientes. No con él. De hecho, con ninguno.
Llorar frente a ellos te ha vuelto un ser absurdo frente a sus ojos. No entienden. No pueden entender. No tienen por qué. Sigues siendo solitario. Sigues siendo el mismo tipo que puede brincar montañas, pero no un mísero escalón.
Sigues siendo el mismo que espera lo que nunca conseguirá de sus manos. Nunca lo conseguiré, por más que sea tan fácil obtenerlo después de una simple petición.
Un abrazo, una caricia, un "te quiero" sincero.
Tuve que decirle adiós. Tuve que decirle adiós, porque no tenía tiempo. Tenía que entrar. No quería entrar. Por mí, hubiera corrido hacia donde nunca me encontraran, para nunca regresar a ver sus ojos, para nunca buscar lo que nunca encontraré.
Bajé del coche, abrí la puerta negra y entré. Logré contener aquella pequeña lágrima y entré a mi casa. Saludé a mi hermano y él me recibió con una sonrisa. Yo no se la pude devolver.
Buenas noches.
Llorar frente a ellos te ha vuelto un ser absurdo frente a sus ojos. No entienden. No pueden entender. No tienen por qué. Sigues siendo solitario. Sigues siendo el mismo tipo que puede brincar montañas, pero no un mísero escalón.
Sigues siendo el mismo que espera lo que nunca conseguirá de sus manos. Nunca lo conseguiré, por más que sea tan fácil obtenerlo después de una simple petición.
Un abrazo, una caricia, un "te quiero" sincero.
Tuve que decirle adiós. Tuve que decirle adiós, porque no tenía tiempo. Tenía que entrar. No quería entrar. Por mí, hubiera corrido hacia donde nunca me encontraran, para nunca regresar a ver sus ojos, para nunca buscar lo que nunca encontraré.
Bajé del coche, abrí la puerta negra y entré. Logré contener aquella pequeña lágrima y entré a mi casa. Saludé a mi hermano y él me recibió con una sonrisa. Yo no se la pude devolver.
Buenas noches.
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