miércoles, mayo 30, 2012

La sala de operaciones

Basado en un sueño, excesivamente real. Agradezco a Dyana su sugerencia de hacer este sueño más material..

Cuando desperté, estaba amarrado; amarrado a una mesa de operaciones. No estaba amordazado. Mis muñecas y mis tobillos ardían de lo bien sujetado que estaba. Forcejeé y, como es natural, no me moví un carajo. Vi el cuarto: las paredes estaban llenas de pequeñas figuras negras, que no alcancé a distinguir bien; creo que eran cráneos negros, duros, como de obsidiana. 
No sé cuánto llevo aquí. El escozor en mis brazos y piernas me dice que ya llevo varias horas inmóvil. Estoy cansado, tengo ganas de dormir. No tengo miedo. No sé dónde estoy, pero no me importa. Y es aquí cuando la puerta se abre.
Una gran puerta negra se abre ante mis ojos y sale una muchacha de mi misma edad. Su cabello, largo y lacio, muta su color de rojo a azul, de azul a violeta, de violeta a rojo en unos cuantos segundos. Su mirada, de ojos negros y expresión malévola, me miran, como quien no siente piedad por las criaturas que lleva al matadero. Me observa detenidamente, contempla cada milímetro con voracidad. Le tengo miedo. Pero vine aquí por mi propia voluntad.
Se acerca a mí, me respira. Palpa mi cuerpo con los dedos, cruza en un susurro mi vientre. Cuando termina, va a una esquina de la habitación que no puedo ver. Escucho que arrastra consigo algo, como de esas mesitas con ruedas. Se acerca y contemplo un poco espantado, pero ansioso, aquello que ella mira con tanto cariño: una bandeja móvil, llena de extraños objetos. Objetos de tortura.
Toma un pequeño piolet, más parecido a una regla T, y comprueba su filo. Al ver que, tras perforarse un poco un dedo, le escurre sangre, voltea a verme a los ojos. Unos bellos ojos negros que inundan mi alma con un placer desconocido. Dios, la deseo. La deseo con el corazón. Deseo que me lastime, deseo que me haga sufrir. Deseo estar aquí, con ella, aunque eso signifique morir en este instante.
Dios, ¿qué está haciendo? El piolet se hunde en una encía y siento que duele. Nunca supe cuando abrió mi boca, pero ahora está manando sangre. Oy, dulce placer. Ahora está perforando otra parte de mi boca. Veo cómo sus hermosos ojos me dicen que no sobreviviré. No me importa. Ya no me importa nada. Por favor, chica de los ojos hermosos, hínchame los ojos del dolor insoportable que me causarás. Hazme feliz con mi sufrimiento.
Ya dejó de jugar con mi boca. No siento la sangre. Tampoco me duele. Sólo siento una dicha enorme. Una dicha enorme de yo ser su víctima y ella, mi victimario. Me ve otra vez; sus ojos ahora son dulces, color caramelo fundido. Me mira con ternura, como un niño a su perro querido. Tengo ganas de decirle cursilerías, de repasar su cuerpo desnudo con la yema de mis dedos. Tengo ganas de poseerla, tengo ganas de liberarme y sentir su aliento junto a mi pecho. Tengo ganas de...
Un momento, creo que acaba de tomar otro objeto. Es un cetro, coronado en un cráneo lleno de agujeros, cuyos bordes terminan en filosas navajas. En el centro del cráneo, brilla una luz verde misteriosa, como si fuera el alma del cetro. Con cuidado, sin perder la vista de mí, arrastra con cuidado el cráneo por mi rostro. Siento cómo destroza mi piel con cada pasada. Siento cómo se pela la epidermis, siento cómo mis células muertas. Siento la sangre correr, aunque no vea ni un sólo chisguete escarlata. 
Siento que mis sueños se cumplen, siento que es amor. Siento que amo cómo me tortura, siento que su mirada cálida me promete un futuro mejor, fuera de este absurdo cuerpo mortal. Siento, siento, siento...
Desperté otra vez, y ahora ya no estoy en aquella tétrica sala. Estoy al lado de mi mochila, en la escuela. Mi rostro está deshecho. Me acaba de ver una mujer que hace tiempo conocí, pero que ahora ya no reconozco. Ella dice que se vengará de lo que me hicieron, que encontrará a la culpable.
Cierro los ojos, ya no escucho su voz. Por dentro soy feliz. 
Adiós.

jueves, mayo 24, 2012

Teorizar

Ayer en la noche, tenía yo la cabeza hecha un desastre. No aparentaba lo que mi cerebro pensaba (creo), pero de igual forma no me aguanté. Es muy fácil no aguantarme.
Ayer en la noche, estaba jugando League of Legends, mientras pensaba en ella, pensaba en mí, pensaba en que la extrañaba. Sin embargo, había algo en ese rodar de ideas que no me dejaba tranquilo. Entre muerte y muerte en ese juego, tenía ganas de escribir. Ganas de escribirle. Desafortunadamente, no sabía qué. Me dolía no saber. Me dolía más saber que no podía, que no sabía, porque me sentía herido, desamparado y solo, como siempre suelo sentirme (estúpidamente).
Es aquí cuando tengo que ser cruel conmigo mismo y preguntarme si lo que yo hago vale la pena. Si otra vez no estoy lastimando gente a mi costa. No lo sé. Lo he hecho, sé de lo que soy capaz y que, muchas veces, lo he hecho sin fijarme, sin intención, pero termino pegando muy duro.
Es quizá por eso, respondiendo a mis preguntas, que no pude escribirte nada. Una obsesión que afloró en miedos arraigados desde hace mucho.
Y, cuando por fin pude escribirte, tenía tanto miedo que sentía que lo que te escribiera no era sincero. Lo borré todo y apagué mi computadora.

domingo, mayo 13, 2012

Aquí va un título.

Hubo un tiempo en que pensé que escribía sólo por el mero capricho de escribir. Quesque porque escribir es un arte, una forma de expresión, una extensión de mí, etcétera. No, no creo. Bueno, ya no creo. He perdido mucho la fe. Incluso, tú eres la consecuencia perfecta de todo este desmadre que desaté en mi cabeza. Lo cual no es malo, debo aclarar. Pero no quiero te afecte. Y es por eso que no me debe afectar a mí.
Sinceramente, pienso mucho. Pienso tanto que ya no pienso. Más bien, simulo pensar, pero no estoy pensando en nada. Es por eso que escribir no es algo que denuncia, que dice; no, sólo es una forma de justificarme, de decirme lo estúpido que es el mundo, lo bien que siempre estoy yo, lo erróneo de las cosas, etc.
Sin embargo, a punta de madrazos tuve a bien (aunque me punza la cabeza, aunque no me extraña) darme cuenta que el estúpido era yo. Mi corazón duele: sabe que tengo razón, así que no pondrá objeciones al respecto. Tanta falta de cariño, de autocensura y mi propia estupidez vinieron a resquebrajarme. En cambio, hoy, no quiero llorar, no quiero lamentarme, ni tampoco esconderme. Sólo vine a confesarme, vine a decirles lo que soy. Y también algo que no niego, que acepto, pero que ya no seré.
Porque es algo que no quiero.
Es algo que me lastima y quema.
Algo que arde, que lacera.
Y no sólo a mí, sino a las muchas personas que he, muchas veces, mal querido.
Lo siento. Sé que esta entrada no curará un carajo. Tengo que escribirlo, de todos modos.
Muchas veces me he propuesto cambiar y nunca lo logro.
Esta es mi excepción. 
Despertaré, y mis ojos no querrán cerrarse otra vez.

sábado, mayo 12, 2012

Pusilánime

Tenía ganas de escribirte novelas enteras y sólo me inspiré y te escribí un par de líneas patéticas. Triste, ¿no? Querer expresarse y decir lo que siento, exprimirme la médula para decirte todo.
No pude, claro está. Mi cerebro está bloqueado y, por eso, se lacera. Escucho a Joaquín Sabina, sintiendo que sus canciones chance y me dan un aire. No, inútil.
El techo está bonito, no sé qué escribirte y ya me siento muy mediocre. Te extraño un tanto. Y no sé qué escribirte, y no escribirte me duele porque siento lo mereces, pero no te puedo dar nada más que una absurda crónica, ahora sin dedo quemado.
Te necesito aquí conmigo.

viernes, mayo 11, 2012

Ácida conclusión

Desafortunadamente, estamos destinados a morir. Y el no morir es el motor que nos lleva a grandes lugares que pudimos, alguna vez, imaginar.
Queremos ser inmortales, jamás sentir que perdemos algo. Sobre todo, la vida.
La muerte mueve al mundo.